Destino final - de la novela
- Maria Isabel Castro
- 25 may
- 4 min de lectura

Para este momento, es posible que este blog esté mas muerto que mi espíritu un lunes en la mañana, (estoy en entrenamiento en un trabajo nuevo en el que no entiendo ni jota de inglés, y no tengo idea de cómo lo voy a sacar adelante). Pero ese no es el tema.
¡Hoy vengo a hablarles del destino!
En mi opinión, dudo que tal cosa exista. ¿Destino? Eso es para cuentos de hadas lineales o viajes en el tiempo (y todo su lore temporal). Lo siento si rompí las expectativas esotéricas que tuvieran puestas en este artículo por el “título”, pero el destino y yo siempre hemos sido enemigos. Me niego a creer en él.
Si decidiera creer, tendría que asumir que ya todo está escrito. Mi vida sería una novela de otro y no mía. No importa cuánto haga o deje de hacer, el mérito es del que escribe mi libro, y yo, la protagonista, no sería más que una marioneta.

Entonces, ¿por qué rayos estoy escribiendo sobre este tema? Hay una respuesta, no se me desesperen que ya voy a ello. Quizá este artículo termine siendo un “enemies-to-lovers”, quizá no. Pero trataré de explicar parte de la magia que siento al escribir y me ayudaré de eso: del destino.
Para escribir una novela se debe de empezar por alguna parte: un final épico, una pregunta incómoda, un problema social, un sueño, un personaje. Yo suelo empezar con una idea central: un problema, una hipótesis o tesis, o simplemente algo que yo misma quiero vivir y no puedo. Pero nunca, nunca, empiezo por el final.
La linea (incompleta) del tiempo
Creo la maqueta de mi novela con base en la idea primaria. Planteo un inicio, un par de nudos y un posible final. Más que pasos a seguir, construyo estos puntos clave como acciones. Y esas acciones puedes sonar así:

“Los atacaron”, “Debe separarse del grupo, necesito que se enfrente sola al mundo”, “se dio cuenta, tuvo la revelación”.Pero también me pregunto:
¿Quién los ataca?
No sé.
¿Por qué se separa?
Ya veremos.
¿Cuál revelación?
Pues esa, la revelación que me inventaré después.Y no es que deje todo en veremos. La mayoría de las preguntas quedan resueltas para construir la estructura de la novela. Las únicas que no respondo, por falta de información, son las del final (y en ese gap es que se crea la magia).
Este tipo de estructura me da un norte y a la vez me deja mucho espacio para sorprenderme y crear. Me permite incluir detalles en medio que no estaban planeados, rellenar el mundo con elementos que se me vayan ocurriendo, hasta llegan nuevos personajes. El día a día también me sirve como inspiración; si estoy frustrada, salgo a dar una vuelta con ojos abiertos para tomar ideas. El trabajo, las compras y cualquier lugar me sirven como un océano en donde pescar soluciones.
¿Y el destino?
Tengo la sensación de que ese era el final, no podía existir otro.
¡Al fin vamos a hablar de destino! Cuando termino una novela y miro hacia atrás me doy cuenta de que todo ha cuadrado de una manera impecable. Tengo la sensación de que ese era el final, no podía existir otro. Pero analizando más allá, resulta que la llave para cerrar la historia fue algún detalle que no estaba planeado, algo que empezó como una bobadita que metí porque sí.
Es ahí cuando me pregunto qué hubiera pasado si no hubiera incluido esa “bobada”:
¿Cómo hubiera resuelto el final? ¿Sería un final muy diferente? ¿Casi que otra novela? Y se me antoja esa exactitud como una suerte de destino, como si las piezas hubieran encajado porque tenían que ir así. No fue planeado, pero fue perfecto. Y no, no puedo concebir otra historia que no sea la que ya escribí.
¿El destino en los libros existirá?
Ver cómo se hilan los caminos desde el futuro es muy sencillo. Todo cuadra. Todo cierra limpio y perfecto. Pero, ¿si hubiera escogido otro camino, cuadraría también? No lo sé, y jamás lo sabremos porque ya no pasó. Si es así, el destino no sería más que un cúmulo de decisiones que hacemos calzar. Una cadena de acciones con un final inquebrantable, aunque no lo supieras de ante mano. No sería destino ni suerte, sería más bien como dejar migas de pan o cosechar lo sembrado (escoge tú la metáfora que más te guste: de cuentos de hadas o la biblia).

Aunque eres libre de creer que mi yo del futuro vino a mi cama a relatarme el final. Es una opción válida. Si me la venden así, yo la creería. Al menos así no le daría crédito al mistisismo del destino, si no a los viajes en el tiempo que son mas interesantes.Sea cual sea la respuesta, la magia de los libros funciona como un reloj, y al final la tarea del autor es atornillar las piezas hasta que dé el tic tac. No importa si a esa revelación la llamamos destino o causa/efecto, lo que importa es el sabor dulce que queda al final al saber que todo ha cuadrado.
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