Cuento "Procrastinación mágica"
- Maria Isabel Castro
- 2 jun 2022
- 3 min de lectura

Era de noche. La quinta vez que bajaba a abrir el refrigerador buscando comida y una razón para pararme de la silla. No tenía hambre, tampoco la tuve las cuatro veces anteriores que estuve frente a la luz fría de la nevera vacía. No lo tome a mal, es mi rutina, me ayuda a encontrar más ideas.
Ya me había comido las galletas y las pasas. Lo único que quedaba eran uvas moradas, casi echadas a perder. Si hubiera esperado tres días más en comerlas, habría probado vino y no fruta.
Suspiré profundo, tomando el racimo en mis manos, quedaban cuatro agarradas a la ramita. Comí la primera, luego la segunda, le siguió la tercera, y la cuarta, sostenida entre mis dedos pulgar y anular, se resbaló. Miré su trayectoria sin detenerla. Rodó bajo el sofá, el viejo y amarillento sofá que nos regaló mi abuela, desteñido.
No tenía hambre. Pensé en dejar la uva bajo el sofá, pero al finalizar las escaleras y ver el escritorio, me arrepentí. Bajé en dos tirones a recuperarla. No tenía hambre, pero no la podía dejar extraviada, no fuera a darle de comer a las cucarachas. Mi mamá me hubiera matado si se enteraba.
No prendí la luz. Volví a abrir la nevera para que iluminara, era suficiente, así no despertaba a los demás. Moví el sofá y la encontré: se había tomado tres cuartas partes de la baldosa: tenía un viñedo en casa.
¿Cómo creció tan rápido? Yo también me lo pregunté. Quizá ya se había caído una antes y, entre el polvo y la comodidad, encontró la suficiente tierra para enterrarse y nacer. Hace tanto que no movíamos esa silla que no se me hizo extraño.
La pequeña mata no tenía uvas, solo hierbajos. Ojalá se hubiera caído una pepa de mango o semillas de papaya, por lo menos hubiera dado un mejor fruto en un futuro, no uvas, tan simplonas.
Pensé en dejarla, que siguiera creciendo para poder concentrarme en la tarea, pero al final me arrepentí. Decidí exterminarla de raíz. Me tomaría solo unos minutos más antes de clavarme en mi estudio de nuevo.
Tomé el tallo entre mis dedos y, cuando estuve a punto de arrancarlo, un pitillo invadió mi hogar. Alcé la cabeza y vi la nevera quejándose por no cerrar su puerta. Luego escuché los pasos de mi madre por las escaleras: sonaban con furia, enojados. Me escondí tras el sofá. Los pasos avanzaron como tambores acelerados. Desaparecieron en segundos, como si hubieran bajado, inspeccionado y vuelto a subir en un pestañeo. Miré el viñedo a mi lado: se había tomado la baldosa completa. Que rápido crece, pensé al verlo. Debí entender lo que sucedía en ese momento, pero solo lo descubrí cuando salí de mi escondite minutos más tarde: la luz del día se asomaba por la ventana. No había noche, tampoco nevera abierta. Miré el reloj de la sala, estaba tarde, tardísimo. Debía entregar la tarea en una hora, imagínese. Tenía mi tiempo calculado, de sobra para terminarla, pero detrás del sofá algo extraño sucedió.
Se lo juro, profe, el tiempo pasó más rápido de lo normal. Yo iba a hacer un grandioso trabajo, pero el sofá de mi abuela está embrujado. Sé que cuesta creerme, pero aquí estoy, explicándole lo que sucedió: pasaron cinco horas en dos minutos. Yo creo que por eso mi abuela se ve tan viejita. Seguro se enteró y nos lo regaló. Por lo menos nos hubiera advertido, hubiera cultivado muchísimas frutas para comer mientras estudio para presentar sus trabajos.
Sólo me queda decirle que no volverá a suceder. La próxima vez entregaré el trabajo a tiempo, pues ya sé cómo funciona el sofá.





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