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Fobia a la carta

  • Foto del escritor: Maria Isabel Castro
    Maria Isabel Castro
  • 14 dic 2021
  • 8 min de lectura

Actualizado: 15 dic 2021

Entre las diferentes formas de presentación, hoy decido darte el folleto de mis fobias. Con un estrechón de manos —corrijo—, con un toquecito de codos, te digo hola y bienvenido a este mundo en mi cabeza. Empezaremos por los barrios bajos: mis miedos más profundos.



Padezco de fobias tan variadas y sin sentido que he pensado en buscarlas en un diccionario de fobias y llamarlas por su nombre correcto. En caso que alguna no exista, hasta podría reclamarla como mi patente.


Sueño con que algún día me paguen por miedosa, que sea una clase de “hipocondriaca” de fobias a la que quieran seguir las masas. En este tiempo que todos desean ser gurús y youtubers, hasta yo podría incursionar para ser tu “gallina favorita”.


Bueno, entrando en materia, les daré las primeras pinceladas para leer mi artículo:

En orden, desde lo más simple o absurdo, hasta lo más profundo y perforante en mi cabeza, empieza una cuenta regresiva de diez pendejadas variadas que espero puedas disfrutar o juzgar, lo que más te apetezca. Solo no olvides darle like y activar la campanita de las notificaciones.


Lo siento, ya estoy practicando por si esta presentación tan peculiar me lanza al estrellato, y debo abrir una cuenta de YouTube, Instagram y, porque no, Tik Tok. La gallina favorita no suena nada mal.



10 - La niña de la hamburguesa rara.


Encabezando el TOP 10, empezamos con una fobia un tanto ridícula para muchos, pero que me daña mi forma de vivir la vida desde tiempos inmemoriales.


Odio, con toda mi alma, las salsas hechas con huevo y aceite. Pero no se preocupen, la salsa de soja, pasta de tomate o salsas de queso no están incluidas en esta lista.


Entre la carta de salsas, la peor por lejos es la salsa de tomate, más conocida en el mundo gringo como kétchup, y no precisamente de pueblo Paleta —ya sé, fue una mala broma—. Pero volviendo al tema, no soporto su sabor ni olor, ni siquiera estar sentada cerca de alguien que esté comiéndolas. Me fastidia hasta el simple hecho de verle la boca o las manos untadas a Julano de Tal que ni sabe que hace las veces de villano en mi mente.


La procedencia de esta fobia nació porque crecí en una familia rara. Mi mamá le colocaba salsa hasta a la sopa. Sí.


Ahora solo imaginen una vida con hamburguesas sin salsas, con arroz sin kétchup, con papitas a la francesa sin salsa rosada. Para mí sería un sueño, para ustedes quizá una pesadilla.


9 – Pesadilla de manicura


Más que una fobia, la número 9 del TOP es una reacción de mi cuerpo quejándose.


No soporto los sonidos agudos como un tenedor deslizado fuerte en un plato, las uñas rasgando una pared o el sonido que produce el corte fino de una hoja en un dedo.


Pero el peor de todos los sonidos es el rasga rasga de lima con las uñas. De sólo imaginarlo se me eriza la piel. Es una reacción instantánea, y lo peor es que ni siquiera tengo que escucharlo para sentir mi cuerpo estremecerse. Muchas veces empiezo a contorsionarme como araña asustada simplemente al ver la intención malévola en la cara de mi verdugo.


Para mí, arreglarme las uñas, más que consentirse, es una tortura.



8 – Primero lo pego con mocos


La número 8 del TOP es la Ega, colbón, pegante o cual sea el nombre que tenga en su país —sí, quiero creer que podría llegar a ser influencer internacional, así que debo hacerme entender desde ya.

Ya se imaginarán que, como casi todos los traumas, este convive conmigo desde que tengo uso de razón. Reprobé muchos trabajos en el colegio por reusarme a utilizarla. Me salvó el hecho que fui una buena estudiante.


Ahora bien, jamás supe qué es hacer pulseritas de ega, y mi carrera profesional como presentadora de Art Attack quedó frustrada; todo mi talento desperdiciado por esta fobia.



7 – El olor de la limpieza


El número 7 llega bien oloroso, el sueño húmedo de todos los obsesionados con la limpieza profunda, el producto estrella limpia todo: el vinagre.


Debo aceptar que he aprendido a sobrellevar esta fobia un poco mejor que las otras, debido a que el piso del banco en el que antes trabajaba era limpiado con vinagre cada tanto. Aprendí a respirar por la boca a manera de supervivencia.


Dentro de esta fobia debo incluir el líquido para revelar fotografías, así que quiero darle gracias a la tecnología digital por permitirme ser una futura fotógrafa sin correr el riesgo de estar encerrada en un cuartito oscuro que apesta a vinagre.


Y no quiero ni hablar de los cochinotes que se lo toman. Esos son los monstruos de los monstruos en mis pesadillas.


6 – No se me da la moda


La fobia número 6 del TOP entra galante en pasarela. Es una de esas fobias inexplicables, pero que existen en mi cabeza y no puedo ignorar.


Odio, con asco y repulsión, los moños. Entre más grande más asqueroso. Y sí, me refiero a esos que lucen como los de Minnie Mouse. Me provoca asco tocarlos y obviamente usarlos. Aunque dije que era inexplicable, les mentí. Todo se remonta a mi época de kínder, muchos años atrás —imaginen la transición de escena con xilófonos en descenso.


Después de clase de educación física, estaba yo sentada en el pupitre del salón, pero algo no me dejaba prestar atención a la clase: la niña sentada en el pupitre del frente, con el moño empapado de sudor. Ella acercaba su cabeza hasta rozar mi cara. Yo, aprisionada en mi asiento, intentaba sin remedio alguno esquivar el cabello húmedo y el moño brillante por la grasa.

Una completa pesadilla que duró el resto de la jornada de estudio.


Si estás leyendo esto, niña del moño, quiero que sepas que me creaste una fobia ¡y de qué manera! Desde esos horribles episodios no puedo dejar de percibir los moños como algo grotesco y sucio, tanto que no compro baletas que tengan moños y arranco los moñitos chiquitos de la ropa interior que utilizo.


5 – Advertencia rastrera


La fobia número 5, no tan extraña, entra caminando y descalza.


Ya que usted ha llegado hasta este punto, justo la mitad, póngase cómodo y por favor siga al “pie” de la letra las instrucciones:



¡No me toque los pies! Repito, ¡NO ME TOQUE LOS PIES!


Si quiere morir joven y sin descendencia, atrévase a tocarme el dedito chiquito del pie y le prometo que no sale vivo.


4- No falta la fobia cliché


Como es una cuenta regresiva tan larga, es difícil no caer en fobias cliché. Así que les presento la número 4: las alturas.


Y aunque he descubierto que más que alturas es la sensación de vacío la que me produce náuseas, la plasmo aquí sin darle más protagonismo del que ya tiene en el mundo entero.


3 – El apretón


Por las mismas líneas de la fobia número 4, llega la fobia número 3 del TOP que la llamo: espacios sofocantes. No es claustrofobia estrictamente. He vivido episodios de mucho estrés que nada tenía que ver con paredes. Las peores experiencias se han creado rodeada de tantas personas que me era imposible ver en dónde empezaba el tumulto y dónde acababa.


¿Será importante contar que un día me desmayé con un abrazo? Nah, otro día les cuento.


2 – Nalguita de humano a la plancha


Llegamos a lo sabroso, a lo rico: a las personas.

¿Nunca han querido comerse una nalguita de humano? Si es así, por favor no me vuelva a hablar, aléjese de mí y no me lo cuente.

El TOP 2 de esta lista llega con caníbales. Para que se den cuenta del grado de horror que siento, una de las películas que más miedo me ha dado en mi vida fue King Kong (2005), donde sale un montón de gente de una tribu que se veía super diabólica y come hombres. Ya se imaginarán que ni de riesgos me veré una película que de verdad hable de caníbales, no volvería a dormir en días.


Nada más con ese gift ya me va dando cosa.


Tuve la fortuna de visitar el Amazonas en el 2018. Antes del viaje duré varios días traumada después de que alguien me contara que allá había todavía tribus caníbales. Y para rematar, en uno de los paseos el guía nos dijo que estábamos a tres horas de una de esas tribus, los nervios se me notaban y cada que podía preguntaba si ya nos habíamos alejado de esa zona.


De las peores pesadillas que he podido tener son tribus caníbales persiguiéndome.


1 – Lo irónico de querer escribir fantasía


Por último, el motivo por el cual decidí escribir sobre mis fobias está aquí. Con ustedes —platillos y redoblantes—, en la cima del TOP de mis fobias, la número 1: los mundos distópicos.


Y cuando creías que este artículo no tenía nada que ver con fantasía, zas, te lanzo mis fobias como pokebolas, a ver si te atrapo de alguna manera. Para el que no sepa, el sci-fi —incluyendo los mundos distópicos— es una rama de la fantasía. ¿Lo sabías?


Regresando a lo doloroso, y dejando de un lado lo informativo. Debo admitir que con el solo hecho de decir ese nombre «distopia» me empieza a dar la depre. Evito a toda costa verme series o películas con futuros distópicos, donde muestran a la sociedad gris, destruida o comandada por una fuerza mayor esclavizante, sean robots o humanos.


Odio la idea de la destrucción del mundo: desde un asteroide que choque con la tierra, hasta un virus mortal que acabe con el mundo.


Sufrí viendo el capítulo de los padrinos mágicos donde el futuro era gris. Odié la serie de muñequitos del hombre araña donde el mundo era distópico. He salido depresiva de varias películas que no pensé que fueran a mostrar mundos así; hasta el punto de llorar en el cine con el principio de avatar (los muñequitos azules) mientras que todos los espectadores estaban como si nada hubiera pasado.


Me da escalofríos desde la punta de mis pies hasta mi cabeza. Es una de las razones por la que no puedo dormir algunas noches y preferiría, si puedo, estar acompañada. Me cuesta hacer bromas sobre esto, de verdad que me afecta. Y pensarán ustedes: ¿te da miedo algo tan abstracto que no se sabe si pasará? Pues sí, evito pensar demasiado en los problemas que hay y a lo que podríamos llegar si todo coincidiera.

Entro instantáneamente en depresión.


Pero mal que bien, es el futuro, y lo que realmente me aterra es una imagen creada por mi cabeza, porque no está pasando o no se sabrá ahora mismo si pasará.


Con el COVID-19, de verdad que trato de ser lo más positiva que puedo, pero quizá hago este escrito a manera de entender que todo lo más exagerado está en mi cabeza y no estamos en ese mundo distópico —aún.

Este es un escrito con tinte jocoso, pero a la vez real y personal.


Ya que se acerca el fin de año —y casi todos los finales del mundo suceden a las 12 a.m del 31 de diciembre—, prometo, como nueva influencer que soy, asistir a la fiesta del fin del mundo; si me invitan, claro.


Me pondré mis mejores calzones amarillos sin moñitos, ya sabes, para la suerte. Pero por favor, no le eche salsas a las hamburguesas, ni ofrezca papitas con mayonesa, no decore con moños o pegamento, ni limpie el piso con vinagre ese día —créame, yo lo puedo notar—. No haga la fiesta en un piso muy alto, menos si tiene bacón, y evitemos que las personas vayan descalzas, o peor aún, que haya mucha gente. Si va a haber una fiesta del fin del mundo por lo menos déjeme enfocarme en una sola fobia y no me torture más de la cuenta.


Gracias por seguirme hasta aquí.


Ahora nuestro canal tiene Pátreon (falso). Si quiere apoyarme, acepto hasta un punto y te comento cuál creo que es tu fobia.


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